Querida Amiga:
A veces las palabras más sinceras son las más dolorosas, a veces las palabras se vuelven inútiles e insignificantes, a veces el silencio se convierte en tu aliado y te ayuda a sobrevivir ante dolores inhumanos. Ojalá hubiera escrito esta carta hace muchos años, puede y sólo puede que estas palabras no hubieran acabado en una papelera. Y pienso por qué me tiembla el pulso mientras escribo, por qué necesito sacar todo este dolor, todas estas lágrimas contenidas; todos estos recuerdos que el tiempo se había encargado de enterrar en un rincón de mi cabeza.
De pequeñas jugábamos juntas en el parque ¿lo recuerdas? Venías a casa y gritabas mi nombre desde la calle, nunca llegaste a picar el timbre, creo que nunca supiste dónde vivía exactamente, aunque tampoco nunca me lo llegaste a preguntar. Yo salía corriendo a tu encuentro, bajaba las escaleras sintiendo cómo mi corazón latía a mil por hora y te encontraba allí, sentada en tu bicicleta rosa con un vaso de plástico en tus manos. Entonces me montaba detrás de ti y pedaleabas tan rápido como podías mientras cantabas canciones horribles que aprendías de tu abuelo. En el parque llenábamos el vaso de agua y nos dedicábamos a crear castillos de barro.
Un día, a los 16 años, viniste a mi casa y gritaste mi nombre desde la calle. Cuando bajé a abrirte la puerta me cogiste la mano con fuerza y me arrastraste hasta la habitación. Tengo novio, me dijiste. Te tumbaste en mi cama y paso a paso me explicaste cómo lo
conociste, cómo te abrazó, te besó. A veces las palabras más sinceras son las más dolorosas.
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