
Margaret y Teresa eran muy pequeñas cuando su madre las dejó solas. Sólo se tenían la una a la otra. No sólo eran hermanas , eran hermanas gemelas idénticas. Cada vez que se miraban a los ojos veían su propio rostro. Nunca tuvieron necesidad de mirarse a un espejo. Además de los lazos de sangre, les unía el amor mutuo que se profesaban. Adoración, es la palabra que describía la relación de estas dos hermanas.
Margaret y Teresa siempre estaban juntas; comían juntas, jugaban, estudiaban y dormían juntas. Las dos hacían una. No tenían almas distintas, la compartían.
Una tarde, las dos hermanas estaban jugando en el bosque. Gritaban, reían sin parar, el eco de sus jóvenes voces resonaban en las ramas de los árboles . Al final de la tarde estaban rendidas así que se tumbaron en el césped y empezaron a contarse historias. A los dos hermanas les gustaba hacer planes de futuro juntas y nunca paraban de soñar despiertas. Pero el cansancio las atrapó aquel día y las dos jovencitas se quedaron dormidas.
Margaret tuvo un extraño sueño. Iba caminando sobre las nubes cuando se dio cuenta de que le faltaba algo, miró a su alrededor y se percató de lo que sucedía: Teresa no estaba. Menos mal que los sueños son sueños… menos cuando se hacen realidad.
Margaret abrió los ojos poco a poco, había dormido mucho y sus ojos estaban doloridos. Algo sucedía: Teresa no estaba a su lado. La niña se levantó rápidamente y empezó a llamarla: – <<Teresa, Teresa>>- gritaba, pero nadie contestaba. La pequeña corrió por todo el bosque en busca de su hermana. Corrió tanto que sus piernas estaban doloridas. Todo fue inútil: aquella tarde Teresa no despertó al lado de su hermana.
Han pasado 10 años. Diez años en que Margaret no ha podido olvidar a Teresa. Margaret ha crecido sin alma porque Teresa se la llevó…
Ahora se mira en el espejo todos los días y todos los días siente que aquel reflejo está vacío. Un día, Margaret se acercó tanto a la imagen del cristal que llegó a tocarlo. Sus manos traspasaron la fría roca y pudo ver lo que detrás había: NADA. Su imagen estaba allí, intacta como una fotografía; sin vida, sin alma.
Margaret busca en los espejos lo que alguien le robó un día y es que por eso nos gusta tanto mirar nuestra propia imagen. Buscamos algo porque algo nos falta. Margaret aún conserva la esperanza de que algún día Teresa vuelva. Cada día se mira en el espejo, cada día toca la fría piedra y cada día sus lágrimas brotan por la ausencia de Teresa. Nunca hubieron dos hermanas que compartieran una misma alma, nunca hubieron dos hermanas que amaran tanto su propia imagen.
Aún podemos escuchar en aquel bosque los sollozos de Teresa y si algún día escuchamos su nombre, corred porque a lo mejor os quedáis sin alma.
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Da igual si lo haces con fuerza o despacito, lo que vale és que haga con que las palabras toquen ls personas a punto de hacerlas pensar! Me ha encantado tu cuento! Besos!
Muchas gracias luca