Cuando naces te dan tu primer golpe, una cachetada para que grites al mundo: Ya estoy aquí. En tus primeros años dependes de alguien y ni siquiera los recuerdos son tuyos. Son recuerdos robados por los que te rodean. Los viven como si fueran suyos y en realidad es así, les pertenecen. Se alegran por tu primera sonrisa, tus primeros pasos pero sobretodo por tu primera palabra y si esa primera palabra es papa o mamá, te los has ganado, ya tienes la vida resuelta, bueno, al menos una parte de ella.
No recuerdo mis primeros pasos, ni siquiera recuerdo mi primero grito de libertad, pero sí recuerdo mi primera palabra. Pero no aquel papa o mamá, sino mi primera palabra importante: Érase.
El día que cogí un lápiz y escribí mi primera palabra, ése fue un día liberador para mí. Y digo un lápiz y no un bolígrafo o una pluma porque siempre me he decantado por ese palito de madera. Me gusta tocarlo, sus relieves, la suave punta del carbón…Me gusta cómo me hace sentir, es más orgánico, más primitivo. Las palabras de un lápiz son diferentes a las de un bolígrafo o una pluma. Me recuerda lo esencial, una parte de la naturaleza que me ayuda a describir la mía propia. Una pluma es más seria, más delicada, tienes que tener cuidado en que no se corra la tinta. Todo queda más sucio cuando intentas escribir rápidamente las palabras que se agolpan en tu cabeza. El bolígrafo es más frío y es difícil de encontrar el adecuado, aquel que no se queda sin tinta al escribir en posiciones, digamos, “menos ortodoxas”. Y es que mis palabras son caprichosas y cuando dicen aquí estoy tiene que ser ahora mismo. No importa dónde esté o que horas sean.
A veces escribo en un ordenador, y me siento extraña, no son mis letras , no tienen la forma que yo deseo, son mecánicas. Las noto distantes, no son del todo mías. El alma de ellas me pertenecen pero el cuerpo las decide una máquina. Lo importante es la esencia, eso dicen.
Desde que tengo uso de razón las letras siempre me han acompañado allá dónde fuera. Primero vinieron en forma de poesía, después de forma más dramática, a través del teatro para al fin descubrir una forma de hacerlas realidad más allá de mi cabeza: el cine. Palabras resucitadas de mi mente, historias hechas realidad a través de una pantalla.
Mi último Frankestein audiovisual se llama Maia y aunque no suelo hablar sobre mis proyectos personales, quiero presentarosla. Tiene algo de mí, como inevitablemente todos mis personajes, pero sobretodo tiene algo de mi imaginario. Maia es una chica real pero también existe ese otro mundo mágico que siempre me acompaña. Y como una imagen vale más que mil palabras, aquí os dejo un pequeño avance. Os invito a descubrir mi mundo en imágenes: palabras echas realidad.
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Muy bueno, Bárbara. Y ánimo con tus proyectos que seguro que todos tendrán la misma buena pinta que tiene éste.
Salu2.
Muchas gracias Antonio! Con ánimos como los tuyos me como el mundo
Encantador el texto de tu relación con la palabra, con el lapiz, con tu recuerdos, con el ordenador… nos haces verte de pequeña, tu intimidad con el recuerdo, con la palabra y con la poesía y Ahora enbarcada en el pryecto que duerme el sueño, pero que la despertarás… un abrazo Rub
El poder de los sueños que se hacen realidad
Muchas gracias, compartid estos momentos es lo que me hace más feliz