En un bucle, así me siento a veces, repitiendo una y otra vez la misma rutina diaria. A veces me miro en el espejo y apenas reconozco la imagen que me devuelve, cansada de ponerme la misma máscara día tras día. Pero el guerrero jamás descansa, siempre alerta, siempre preparado ante cualquier circunstancia.
Las pinturas de guerra me ayudan a interpretar este papel día tras día. Rambo acudía al barro para mimetizarse con su entorno, lo mío es exactamente igual, lo único que las mías me ayudan a hipnotizar a todo aquel que me mira.
Cada día lucho contra las manecillas del tiempo, contra la rutina que me ahoga cada día, por lo que al final de la noche cuando por fin retiro mi máscara y vuelvo a ser sólo yo ante el espejo de la vida, sólo me resta dar gracias por haber superado otro día.
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*Este post pertenece a la serie de posts sobre mi proyecto “Las Crónicas de Maia”



El simil de el maquillaje con la máscara de guerra es afortunado. Seguramente todos los días son dificiles. Buen texto, una micronarración que satisface… un abrazo Rub
Veo que lo has pillado a la primera
Si Rambo tenía sus armas en la batalla Maia también
Muchas gracias!
Cíclica del tiempo, que las manecillas del reloj han de encargarse de quitar esa mascarada.
Pendiente sigo de las crónicas de Maia.
Abrazo.
Muchas gracias Ericka